Miró sobre el hombro, nada. Solo una esquina oscura, iluminada muy tenuemente por una luz de la calle anterior. Igual se agita y se siente perseguido, acechado. Algo lo vigila, no sabe qué pero esta seguro de que es así.
Caminó más rápido y recordó cuando era pequeño, cuando corría de su habitación hacia la cocina en medio de la noche, preocupado de que su movimiento despierte alguna criatura o malvado que dormite en ese recorrido y se largue en su persecución. ¿Quien? no sabe, pero siempre hay alguien ahí dispuesto a perseguirlo a uno y atacarlo, sin rencor o razón alguna, solo por el placer de ser malo. Corría como loco, pero intentando no hacer ruido por el miedo a despertar a alguno de sus padres y tener que encima enfrentarse con la incertidumbre de que responderles si le preguntaban "¿Qué pasó?¿Qué estás haciendo?". Nunca les podría haber dicho la verdad, nunca le habrían creído y ademas eso era romper una regla.
Había ciertas normativas en el juego del miedo nocturno. No se podía correr por cualquier lado, había un trazo bien definido por donde huir hacia la cocina, lugares precisos donde los pies podían apoyarse o no. Había reglas en la cantidad de veces que podía girar la cabeza para ver si alguien lo seguía (nunca más de tres veces). Jamás podía gritar. Una vez en la cocina sólo podía servirse un vaso de lo que quisiera y llevárselo, pero si quería comer algo debía hacerlo ahí, bajo el vilo y el temor de que algo o alguien aparezca de sorpresa mientras se atragantaba con alguna galleta o chocolate, por eso casi nunca comía. Se servía algo en el vaso y salía corriendo, siempre cuidando de no derramarlo,si no debía volver por un trapo y limpiarlo, otra de las reglas del juego.
Recordaba el crujido que hacia el piso con los pasos rápidos y pequeños. El silencio y la oscuridad que se hacia cada vez más estrecho, casi corría sin respirar. La salvación de volver a su cuarto, la calidez de la lampara de la mesa de luz que lo alumbraba y lo protegía de lo desconocido, de lo que acechaba detrás de su puerta. Una vez ,podía jurarlo, había escuchado detrás de ella los pasos, como de un animal, que resoplaba y caminaba para un lado y para otro. Había estado tan cerca que no pudo dormir por horas; ni siquiera tomó lo que se había servido en el vaso.
Ahora se sentía igual. Estaba en la calle, faltaban dos cuadras para llegar hasta la puerta del edificio donde vivía. No había nadie en los alrededores, y estaba empezando a transpirar frío. Apuró el paso hasta casi estar corriendo. El ruido de un auto a lo lejos; volvió a mirar hacia atrás pero no vio nada, solo oscuridad. Le empezaba a costar respirar, como si algo en el pecho le cortara los espacios por donde se comunica el aire y no llegara la cantidad necesaria a los pulmones, a su cerebro, a todo el cuerpo. Por su cabeza cruzo la terrible idea de que pasaría si se desmayara ahí. Seria destrozado, quedaría a merced de cualquier cosa que pasara por allí, quedaría como un blanco fácil a lo que sea que sentía que lo perseguía. Quizás no sucedería nada y se despertaría con la luz del sol empapándole la cara, pero no podía darse el lujo de perder la conciencia y de echar su destino a la suerte.
Corrió. Mientras, buscaba en el abrigo las llaves para estar preparado cuando se encontra frente a la puerta; solo le faltaba media cuadra. No supo si fue su imaginación, pero escuchó como si algo galopara detrás de él. Sintió cerca el aliento de una bestia, un aliento caliente que le heló la espalda. Corrió aún más. Encontró las llaves, las saco y llegó a la puerta.
El ruido de las llaves chocando contra el suelo molestó a un bebé de la planta baja, se despertó y comenzó a llorar, así despertó a sus padres que se preguntaron que había pasado. No obtuvieron respuesta. Incluso el padre salió al pasillo pero no había nadie en el hall del edificio y tampoco en la puerta. Afuera sólo encontró un manojo de llaves en la vereda. Nadie en la calle, solo la noche. Le dio un escalofrío y volvió a entrar para ver si su hijo se había calmado. Seguía llorando, pero ya el calor de la luz de la casa lo estaba tranquilizando.
Ramiro N. Bugarín