24 mar 2012

El hombre en su cueva

Encender un cigarrillo y ver como se consume lentamente, en cada aspiración, en cada beso de los labios. Las luces apagadas, la silla reclinada, los pies sobre una mesa con papeles. Solo la lucecita roja intermitente del cigarrillo en el cuarto.
El humo envolviendo todo el ambiente, el sopor invadiéndolo. Los ojos cerrados. El silencio mudo. El tabaco y un perfume lejano se mezclan y lo poseen todo.
Unas voces lo toman por sorpresa, un murmullo tranquilo, casi arrullador. Una especie de disputa, discusión acalorada, que lo hacia dormitar pero no lo dejaba descansar. Seguía escuchándolas. Era su voz, su mente discutiendo contra sí. Como siempre dividido. Un hombre dividido que fuma y dormita.
"La libertad es libre hasta que encuentra su limite, hasta que se encuentra con todo aquello que no puede hacerse, con las reglas, la normativa, el otro; hasta que se encuentra con uno mismo. Con la vida, con la imagen que uno muestra de su vida. ¿Cual es la posibilidad de ser libre, de desenvolverse si hoy por hoy hay que fabricar en todo momento un modo de ser, una imagen de lo que somos? Fabricar una parcialidad de lo que somos, por que nuestra totalidad es inabarcable e incomprensible. ¿Cómo en una sociedad en que se mediatiza todo, incluso la vida, podemos ser libres si hay que estar controlando lo que uno expone o no expone de sí, lo que uno muestra, lo que uno es? Porque el ojo avizor del otro esta en todo momento controlando y juzgando. Viendo si esa imagen es apta para la sociedad, si se adecua a los estándares morales (inexistentes, solapables, una moral que se construye por un alguien y que ni ese mismo respeta, por que se vuelve ambigua, controlable y adaptable a quien la juzgue, la creé y la padezca) si se aplica al modo en que HAY que vivir. Como es posible vivir libre si nuestros actos están sujetos a su valor, a su posibilidad de crear valor o su posibilidad de ser más o menos productivo. Es la productividad, es nuestro campo laboral el que nos regula el resto de nuestras áreas de la vida. La vida separada en partes, y estas se regulan entre sí. El absurdo de pensar que la vida son varias campos, áreas, y desde eso cada uno tiene una jerarquía que controla al resto y les dice de que manera deben comportarse, vivir, expresarse. ¿Es el campo laboral acaso el regidor? ¿Es el que nos controla? ¿Es el otro que nos contrata laboralmente el que nos juzga aptos para comportarnos en nuestro ocio y de esa manera aptos para el trabajo? ¿Es acaso posible pensar que la vida debe ser vivida de una manera regida por la necesidad, la productividad, las ordenes de un ente superior?
La libertad ni siquiera es libertad en su expresión del nuevo siglo. Internet con toda su potencialidad de liberar información, intercambiar datos sin barreras (económicas, temporales, espaciales) convirtiéndose de alguna manera en ese monstruo que acumula y crece a partir de todo lo que sus usuarios le van sumando, le van agregando. Internet se convierte en un aleph, lugar en que todo es posible encontrarlo. Todo es posible saberlo. Incluso en esa masa cibernética, inhallable, impalpable, inexistente (Por que su posibilidad libertaria radica en su imposibilidad de control espacial) es a partir del uso, de sus propios usuarios, sus propios consumidores que se establece la regulación en este nuevo espacio. La libertad de la vida que se crea, como imagen, como lo que se muestra de uno, esta condicionada, incluso en internet, por la mirada atenta y permanente de un otro. De su estándar moral, de su regla ética, de su opinión y su censura. Una vida que se mediatiza en este ciberespacio esta a la vez regulada por los otros que mediatizan la suya, en paralelo que observan la ajena. Entonces las vidas se vuelven comparables en casi todo su ancho, y de esa manera se vuelven juzgables en totalidad. De modo que la libertad se disuelve en la opinología sobre las vidas, en la falsa moralidad que se crea a partir de esas vidas-imágenes, y de ese modo se juzga, no solo a un otro virtualmente, sino se juzga a el otro persona, al otro ser humano, guiados por estas vidas-imágenes. Así internet se vuelve en una falsa libertad, en un falso exponente de vidas que serán doblemente sometidas al juzgamiento reduciendo su libertad, reduciendo la posibilidad de ser como cada uno quiere ser.
Todo esto basado en esa falsa moralidad que se crea a partir de la selección particular de lo que cada uno comparte en este espacio "pseudo" libre. De lo que cada uno va construyendo como su imagen, como su vida. Sin embargo, este espacio tomado como totalidad de una vida, como representación de toda una persona, viola al mismo tiempo un espacio íntimo, un espacio privado, donde lo que uno comparte se convierte en definitorio de lo que uno es. Esta equivoca visión de tomar una parte por el todo (todo imposible de abarcar, por que el ser es múltiple y no puede ser observado en su totalidad) rompe con ese espacio íntimo de la vida, en que uno puede ser como quiere ser sin tener que rendir cuentas de su modo, sin tener que se puestos en comparación con una vara que mide nuestros actos para ver si se adaptan a la normalidad, a la regularidad basada en esa falsa moralidad. Entonces internet no solo se convierte en un ámbito en que la libertad también es sometida a una regulación, hasta convertirla en un modo mas de esclavitud, sino que se convierte en un ojo avizor que se inmiscuye en la vida fuera de la pantalla, en un ente regulador que a partir de lo que ve en la vida-imagen actúa en la vida fuera de ese espacio.
Así la libertad encuentra su limite, encuentra su autodestrucción en la expresión de nuestro ser, al choque del otro, al choque de lo que se impone como lo que debe ser. La libertad encuentra su límite y autodestrucción en su propia practica. Y en el espacio que se muestra como libre (que se vende como libre), y es en esa construcción de sí mismo que se erige a la vez como espacio represivo de una libertad"

Se sonrió, terminó el cigarrillo en un último y lento pitido, en que se puso de rojo furioso y murió apagándose lentamente. Lo apagó en un cenicero, se reclinó un poco más, largó el humo y se dejó estar en una especie de sueño que lo llevó a algún recuerdo lejano.

16 mar 2012

Uno menos

"Uno menos" pensó y se sonrió. Hubo una forma diabólica en esa risa, algo macabro, una especie de sombra que le recorrió el cuerpo. Una satisfacción cruel y reaccionaria, que le dio cierto placer por todo el cuerpo. "Uno menos" pensó y se palpó el pecho.
Caminó tranquilo, disfrutando la noche. Sentía que había algo relajante en el aire, algo que le producía cierta felicidad como una especie de gratificación interna que le hinchaba el pecho, que le hacía más ligera las extremidades. Caminaba por la calle, como si caminara por un local del que fuera dueño. Amo y señor.
Caminó hasta el coche, a unos pasos con total petulancia y seguridad, sacó las llaves y accionó la alarma. El coche se iluminó tres veces y se abrió. Entró, se acomodó en el asiento, palpó el arma que tenia al costado, encendió el auto y arrancó. "Uno menos" pensó y sonrió.

"No hay forma de consolarla", le dijo uno al otro en voz baja. El ambiente era pesado, la casa de velatorios tienen ese aire contaminado de tristeza, de lágrimas, de energía pesada que se deposita en los que entran aplastándolos, como una especie de roca o como si al gravedad aumentara su fuerza en los cuerpos, tirándolos para abajo cada vez un poco mas, haciéndolos encorvar. La casa de velatorio tiene esa fragancia que inunda al alma de tristeza, de modo que todos están contagiados de esa pena.
Dos se resguardan en una esquina y ven a la mujer llorando al lado del ataúd. Unos hombres jóvenes la acompañan y se turnan para abrazarla, ellos también lloran, pero ninguno como esa mujer. Tiene un llanto constante, que hiere de tristeza en quien la mira, por momentos se hace más profuso, más grave, se abalanza sobre el cajón, lo abraza y grita, casi aúlla. Es el dolor. En un banco, mirando fijamente el ataúd, hay un hombre. Lo mira como ausente, perdido, tiene los ojos en blanco. No llora por que no puede, no tiene ni siquiera esa fuerza. Esta sentado, pero no lo sabe, no registra nada a su alrededor. Mira el ataúd y no lo ve. Está más allá. Pasa gente, los saludan, lloran, se quedan, les hacen compañía a estas dos personas que han perdido un hijo, saludan a los hombres jóvenes que han perdido un hermano. Incluso en algún momento, los que estuvieron en ese instante, saludaron a los tres niños que vinieron a dar un beso de despedida a su padre. La mujer que los acompañaba despedía a su ex pareja.
Los dos hombres que se guardan a un costado llegaron temprano, uno despide a su amigo, el otro a su primo. Hablan entre ellos, y observan toda la escena. "No hay consuelo posible", le dice uno al otro. "Uno menos" le contesta. Hacia tan poco que ya habían tenido que despedir a otro de la misma familia, en la misma casa velatoria con olor a flores muertas, y esa fragancia a dolor y tristeza que se pega a toda la ropa, a toda la piel, a toda el alma. "Uno menos" pensaron todos mientras con tristeza abrazaban a la madre. Mientras repudiaban al hombre que entraba y que nadie saludaba, ese que se acerco hasta el ataúd y a quien la madre echo bajo amenaza de romperle el alma por ser el traficante que llevo a su hijo a la perdición. El hombre ni se inmuto, y con la misma parsimonia que entró, se fue. La gente siguió pasando y saludando, pensando compungidamente "Uno menos"

Estacionó el auto a unos pasos del bar, bajó con la costumbre de mirar para los lados y por los espejos. Entró, en una mesa lo esperaban otros que sonreían y aplaudían la noticia. Todos lo saludaron, todos lo palmearon y abrazaron. Todos gritaron, socarronamente, cínicamente, con una sonrisa ,con esa satisfacción macabra que les producía cierta felicidad, que les recorría el cuerpo: "Uno menos".

14 mar 2012

Rayuela

Juga y salta,
primero con un pie,
luego con el otro.
Despues dos seguidos con los dos.

Juega y vuela,
desde tierra a cielo,
siempre con miedo de caer
en algún infierno.

Juega y salta,
sonríe y tropieza.
Se levanta y aprende,
llora y calla.

Juega, juega,
juega como loca.
Sube hasta el cielo con trenzas,
baja hasta el suelo con falda.

Juega y vuela.
Sonríe y es feliz.


Juega y salta,
casilla a casilla
vida a vida.
Juega a ser ella,
salta a ser otra.

4 mar 2012

El amor y la guerra


“Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.” con esta cita de Antonio Machado se da comienzo, y titulo, al libro “El corazón helado” de Almudena Grandes. Como mucha de la literatura española de los últimos años esta novela se suma a la fila de las que hacen una revisión, que indagan, que escarban en la historia de la guerra civil y sus años posteriores. Así la literatura hace su labor de reelaborar la historia, recontárnosla, rever los matices y mostrar los detalles. Reconstruir y rememorar.
Almudena Grandes hace una gran labor en la reconstrucción de la historia y en el trabajo como novelista. Cuenta a partir de lo singular -historias puntuales, vidas, ejemplos- lo universal- la Historia española-. De este modo nos embarca en una novela extensa pero a la vez llevadera, novela en que podemos leer que se pone bajo la lupa los diferentes vértices del Amor. Como funciona en diferentes aspectos de la vida, que nos hace hacer, que nos significa. Se pone en juego el amor entre enemigos, el amor incondicional, el amor a la patria, el amor entre padres e hijos, y más formas.
Están escritas las historias en paralelo, logrando al ensamblarse crear toda una historia indisociable y unida, quizás como una forma de mostrar que la historia de España es una a pesar de las diferentes versiones. Por un lado tenemos la historia actual de un hijo que a la muerte de su padre lo va descubriendo en toda su magnanimidad y toda su miseria, que a la vez es la propia. Por otro se nos narra la historia que ha vivido la generación de los abuelos de los protagonistas, en la que se cuela la guerra civil.
El exilio, el amor, la guerra y la traición. Todo lo que tiene que tener una novela, y todo lo que tiene la historia, todo eso tiene “El corazón helado”. Es un recorrido que nos invita a descubrir una faceta no contada de la historia española, que nos invita a descubrir los más fríos estratos a los que somete una guerra. Todos los padecimientos, miserias, y en el medio todo lo calido: la valentía, la familia, el amor.
Para quienes tienen abuelos, padres o familiares que se han visto envuelto en esa época, exiliados, echados de su territorio por el hambre, por el franquismo, por que si, les toque una fibra sensible sobre la procedencia de uno. Quizás un lugar en el corazón que tenemos congelado, para no sentir un dolor ancestral que todavía hace falta seguir escribiendo.



Ramiro N. Bugarín