28 jun 2013

El hombre del reflejo

Así hubo que tapar todos los espejos. El gran corredor de la casa que alternaba pequeños tramos de pared tapizada con espejos altos de marco dorado, hubo que taparlos con sabanas blancas, y cuando no hubo mas con las negras. Todo para que pudiera entrar y caminar tranquilo por ese corredor hasta el comedor que se encontraba a oscuras por que se habían tapiado las ventanas, ya que podían llegar a reflejarlos. Así que a pleno mediodía debimos comer con todas las luces prendidas. Los platos eran de plástico, los vasos también, todo fue pensado y dispuesto para que ningún rayo de luz pudiera rebotar y abrir ante sus ojos su propio reflejo.
Parecía estar de buen humor, y hasta incluso tuvieron una charla distendida y graciosa. Seguramente tantas atenciones y consideraciones lo animaron a desenvolverse como alguna vez fue, casi como si siguiera siendo él. Hablaron de libros, de la comida, del clima, intercambiaron algunos mensajes crípticos de la familia y hasta incluso llegamos a  rozar una intimidad que nos teníamos vedad.
Tomamos café, charlamos sentados en los sillones, dormitamos juntos, volvimos a retomar hilos de la conversación que tuvimos en el almuerzo, y así se fue pasando la tarde. El ambiente estaba cálido, lleno de buen humor y satisfacción. Hablamos de viejos amigos, rememoraron sobre todo a los que no estaban. Al final de esa charla, y ya siendo las ocho se levanto y empezó a despedirse. Llevaba unos anteojos negros que con gran parsimonia puso sobre sus ojos cerrados, por las dudas de descuidarse, y luego con el saco en la mano y acompañado por nosotros fuimos hasta la puerta de la calle para despedirnos. Caminamos silenciosos por el pasillo, y en esos pasos nos ataco la tristeza. Una pequeña certeza de sabernos falsos, perdidos, de sabernos que la charla y la confianza de un instante atrás era solo un engaño para sentirnos como en otras épocas pero no eramos los mismos, las épocas tampoco. Nuestras caras ya comenzaron a asomar un gesto amargo, y nos miramos en un saludo que parecía mas una disculpa. Pasaba algún que otro auto por la calle, mientras nos saludábamos con las ultimas formalidades de quienes se conocen hace décadas, la luz de algunos terminaban reflejando en sus anteojos mi cara y era como saludarme a mí mismo, como encontrarme solo. Nos sonreímos y prometimos vernos la próxima semana. Por supuesto no lo hicimos, de ser así nos convertiríamos en amigos habituales y asiduos. Perderíamos el encanto de ser viejos amigos que se ven cada tanto y cada vez que lo hacen se encuentran cada vez más amigos y cada vez más extraños. Cuando lo llame meses después para almorzar nuevamente, me entere que había muerto.
Lo encontraron días después en su casa de Palermo. Había un disco sonando una y otra vez según los vecinos. Todos los espejos estaban amontonados y rotos de manera salvaje, los pequeños pedazos a los que los redujo estaban desparramados por toda la casa, dándole un aspecto ,con las ventanas abiertas, de una mina de diamantes. Él en el medio.
La ceremonia fue de pocos, casi nadie. Cuando yo llame y me entere de todo ya había pasado una semana.
En mi casa seguían los espejos del pasillo tapados con las sábanas, esperándolo.

11 jun 2013

Diario de viajes

"y ya siento flotar mi gran raíz libre y desnuda"

Beso con mis pies los adoquines, beso con mis pasos las calles, con mis manos paredes y ladrillos, con mi mirada cielos y cúpulas. Me encuentro embobado, tonto y obnubilado. Me pierdo en calles y laberintos, en puentes y en torres, en extraordinarios y rutinas. Algo galopa, es mi corazón, es mi ansiedad, son mis ansias. Algo se inquieta, es mi mente que siente liberarse, madurar, moverse rompiendo limites y cráneos. Ya estoy sentado y no estoy cómodo, ya estoy acostado y no descanso, ya estoy quieto y no reposo, ya estoy sin cadenas y no libre. Ya estoy en movimiento, ya estoy feliz. 
La tierra se remueve de mi raíz, el viento va limpiándome de abono, los cielos y los soles de otra ciudad me doran la piel y las hojas, las ideas de otros susurro se inscriben en mí, la vida de otro pueblo se me hace propia y contagiosa. Adquiero otro paso, pero no dejo mis piernas; observo otros lugares, pero no dejo mis ojos; siento otra materia en mi tacto, pero no dejo mis manos; pruebo otras aguas, pero no dejo mi lengua. Soy otro y no dejo de ser yo. Crezco y no dejo de ser un niño, un explorador, un recién nacido, un anciano, un hombre que muere y nace. Crezco y despliego mi gran raíz libre y desnuda que se llena de nutrientes de otras tierras y de la mía. 
Vuelvo, por que uno siempre vuelve incluso antes de llegar, y las calles tienen otros murmullos, otras conjuras. Vuelvo, pero no me fui.