Fue el brillo del verano, dijo.
Se paró sobre su cama buscando ese rayo
que se escapó por su ventana.
Abajo veía las piletas,
llena de niños y vagabundos,
a lo lejos la oscuridad,
a lo cerca sus abismos.
Hobom otra vez en el aire,
otra vez en sus pensamientos.
Nunca con respuestas,
siempre entre acertijos,
entre consuelos.
El calor, la lluvia, la humedad,
los arco iris, las sonrisas,
la gente y los gritos.
Todo eso y el brillo,
ese espectro luminoso,
como un ratón que se escabulle
en la pared de su cuarto,
él lo sigue como un perro,
como un gato.
Fue el brillo, gritó después.
Fue el brillo
fue el brillo.
Quiso acostarse y dormir
volver a su placentero sueño,
quedarse dormido leyendo
olvidarse del murmullo callejero.
Quiso perderse en las fantasías,
en las historias,
en la filosofía.
Pero, maldito destino,
maldita la luz, el sol
los cristales y el río.
De repente, de su ventana,
cabalgando, volvió, arrogante,
el brillo.
Rápido,
conciso
no tuvo otro destino
que estrellarse contra
sus ojos,
y sacarlo de quicio.
Lloraba Hobom, lloraba.
Sacudía sus brazos, se mojaba el ojo
y no se deshacía del brillo.
Le quemaba la cornea, le quemaba el alma.
No podía cerrarlo, no podía ver,
solo luz y ceguera.
Corrió por su casa, tiro a abajo todo lo que tenia
di vuelta su armario, tiro la mesa, los recuerdos,
los adornos, la televisión, la radio,
los libros. Todo, todo, lo fue arrojando al suelo.
Así fue que cuando miro todo lo que tenia,
el brillo sin aviso
salto de su ojo y prendió fuego todo lo del piso.
Una llamarada gigante e instantánea se alzo
y deglutió carbonizando.
No hubo lagrimas que apagaran el fuego
que se hizo de sus bienes.
De rodillas observaba todo lo que se deshacía
enfrente de él.
No le quedo nada,
solo mil objetos negros, inútiles,
irreconocibles
y perdidos.
Así quedo Hobom,
arrodillado,
llorando,
más hombre,
más libre.
Teniendo un poco menos,
siendo un poco más.