Hobom mira horrorizado,
el temblar de la cámara que apunta desde la ventana,
los gritos, las sangre, las corridas
y los estallidos.
Lo mira y no puede creer,
pero Hobom esta inseguro, no entiende
¿por qué? ¿por qué ahora? ¿por qué no antes?
¿por qué no después?
Hobom duda,
no lo convence lo que la tele muestra
y menos lo que algunos dicen.
Cambiamos de escenario
para seguir actuando los mismos actores, piensa
Pero Hobom es tonto y torpe,
casi siempre se equivoca.
No sabe atarse los cordones,
menos interpretar las noticias.
Le da mucha tristeza la muerte
que se siembra y riega,
que se culpa,
que se decide desde oficinas,
desde mandatarios.
Siente sospechas y desconfía de la tele,
o de los que hablan mediante ella.
Le da pena los inocentes
y pavor lo que puede presagiarse para un año recién iniciado.
En forma de duelo,
de respeto
y de reivindicación
Hobom dibuja,
dibuja,
y dibuja.
Tantos garabatos hace
para encontrarse en uno de esos
hasta que se termina confundiendo
y se pierde entre ellos.
Hobom hoy es un garabato más,
una caricatura de sí mismo.
Se ha dibujado como un detective,
que se para muy derecho,
con su mano en su mentón
y el ceño fruncido de quien desconfía.
Pero es tan torpe,
que se dibujo con los cordones desatados.