29 nov 2016

La piel del otro

Destapó la botella de aceite, el ruido interrumpió la música relajante. La habitación estaba a oscuras y las velas alumbraban sus movimientos. Volcó sobre la espalda desnuda una línea generosa de aceite a lo largo de la columna. Sus dos manos la esparcieron a lo ancho y, unos segundos después, ellas mismas estaban empapadas. Miró sus manos yendo y viniendo entre las pecas y las arrugas de la espalda. Sus manos de cincuentón, de reventado, de retirado, de cansado. La cicatriz de medialuna entre el pulgar y el índice le hizo acordar a su juventud. Años que no pensaba en ese día, y eso que todo el tiempo miraba la cicatriz. Hay cosas que uno no quiere recordar nunca más, pero ahí estaba frente a sus ojos el campo de sus padres, el verano, el río reluciente, el calor, la malla y ella. Ella y su bikini roja, ella y sus 15 años, ella tomando sol, y él mirándola desde una roca en la mitad del río. Él y su corazón palpitándole, él y el calor del verano y de su cuerpo, él y el olor dulzón de su piel transpirada por el sol. Todavía hasta se acuerda del contacto del agua fría al dejarse caer de la roca. La sensación del líquido abrazando a su cuerpo encendido, nadando hacía la orilla.
La espalda estaba llena de aceite y sus manos comenzaron por ir aflojando la curvatura de la parte superior. Escuchó pequeños quejidos de la vieja que se dejaba tocar por él, como todos los martes. La espalda estaba dura. Los brazos con las carnes flácidas al costado y la nuca enrulada y teñida de un rubio muy artificial le dieron asco por un momento, como las primeras veces que empezó a trabajar de eso. La piel del otro, la primera vez que se toca, es tan extraña, tan ajena. Unos ruidos de la espalda lo trajeron de nuevo a la habitación con velas. Concentro su mirada en el lunar enorme que estaba en el hombro derecho, tenía algunos pelos asomando tímidos desde la negrura. La vieja empezaba a dormirse, lo notaba por el ruido de la respiración, cada vez más familiar a un ronquido. La cadenita dorada le hizo volver a mirar su cicatriz y a sentirse bajo el agua con la malla abultada y acercándose a la costa. Ella, también, tenía una cadenita dorada con una cruz que se posaba en el pequeño seno izquierdo. Había corriente, pero estaba acostumbrado a nadar en ella y se acercó a la costa sin esfuerzo. No salió del todo del agua, así que la miró desde ahí. Sus pequeños pies jugando uno con otro, las piernas con una fina capa de pelusa que brillaba por el sol, el color bronceado. La bikini roja le ajustaba la cintura y le marcaba la pequeña cola, aplastada contra el suelo de piedras. La panza y los senos, los ojos cerrados y la boca semi abierta, el pelo desparramado y los brazos finos.
La vieja se movió en sueños y lo asusto. Apretó más fuerte a la altura de los hombros y el cuello, era como masajear una roca. Pensó en la tendinitis que lo acosaba hacía unos meses. Miró los pies con las uñas pintarrajeadas de un azul metálico. Pies de vieja, espalda de abuela y encima se quiere hacer la joven, pensó. A pesar de todo eso, tenía una erección y se sentía acalorado.
El río de su pueblo tenía un gusto especial y sintió, en esa habitación, la boca llena agua. Tenía la boca con gusto a río. Cerró los ojos y pudo oler el protector solar, pudo sentir el ruido de las piedritas al acercarse a ella, que seguía acostada con la boca semi abierta. Tanto tiempo sin pensar en ese día. Tantos años pasaron, pero al igual que ese día, a su cuerpo lo recorría una corriente eléctrica. Tenía 15 años de nuevo, otra vez intentaba tocar ese cuerpo, acariciarlo, sentir como era una piel tan bronceada y tan joven. El tacto ajeno del otro. Tantos años y sintió el dolor en la mano ensangrentada, los dientes mordiéndolo con fuerza, la pelea, el peso de su cuerpo, la dulzura del olor, el agua cayéndole por el cuerpo y goteando sobre la cadena dorada. Tantos años y ahí estaban el placer y los sacudones. Abrió los ojos cuando sintió como se le mojaban los pantalones. Su cuerpo casi sobre el de la vieja y los brazos tensos, las manos crispadas. Pidió disculpas, pero no hubo respuesta. Tomó las cosas y se fue. En la calle, miró su mano ensangrentada y con la marca del collar, que se había enterrado en su palma por la fuerza.