Nunca fuimos a la playa,
pero éramos un mar.
Alguna vez, flotamos juntos en un río,
abrazados para no pisar el barro
que nos comía los pies.
La piel bajo el agua
tiene un lenguaje
parecido al de las ballenas:
hace de la distancia
agudas cercanías.
En ese pueblo de río,
se dormía la siesta
y nosotros
nos mojábamos la piel
con el vocabulario que aprendimos del agua.
A nuestros pies se los comía la sábana,
enroscada sobre el silencio de la tarde.