Nos conocimos sin elegir el
momento, como le pasa a casi todos. Pero me pregunto si no fue un pésimo
tiempo, el mal ritmo de un bailarín fuera de moda. ¿Ahora no hubiese sido mejor?
Y ahora no nos conocemos, casi no sabemos quiénes somos. Muchos rasgos de la
cara se mantienen, nos permiten reconocernos, pero otras cosas se van moviendo
de lugar, de forma. Soy y no soy el mismo. El cambio en nosotros es una
maldición de los tiempos en que no pensábamos el pasado, un vestigio de una
especie que en cuanto manejó el tiempo ya fue otra. ¿Qué queda de mí, de
nosotros, de vos? Probablemente, nada. Pero ahí estamos en un mundo que sigue más
o menos igual, en unas coordenadas que no cambian, en las estaciones naturales,
que más tarde o más temprano, se transforman en los mismos meses, en los mismos
años. Sale una flor, siempre igual y nunca la misma. La repetición hace la
identidad y, a la vez, la degrada.
Es todo lo que sucede al mismo tiempo
lo que imprime movimiento. Choca y arma, ama y odia, nombra y calla. Lo
simultaneo, lo presente puro, no nos da lugar a nada más y el negativo lo
habilita todo. ¿Y si nos hubiésemos conocido hoy? ¿Nos hablaríamos expectantes?
¿Nos ignoraríamos sin remordimientos?
Cuando viajo en el colectivo,
siempre pienso que en mi día me cruzo con muchos universos en los que no
existo. Están ahí, sentados, compartimos unos microsegundos en el tiempo eterno de la vida, un mismo viaje a
destinos distintos. En la vida de ellos, no existo, no tengo nombre, no fui, no
soy, no seré, pero ahí está mí presencia. Un error en su mátrix. Lo simultáneo
nos junta y nos anula en un mismo movimiento.
Vos estás. Yo sé que estás. Sos
parte de mi universo que se expande en el pasado, alejándolo pero sin soltarlo.
Vos seguís existiendo, aunque yo no te conozca hoy y no seas la misma, pero te
mantengas, un poco, igual.