18 ene 2022

Soñando travesuras

Cuando no nos conocía, abrió su casa casi como si nos regalara la llave y la confianza. También nos dió compañía, una mano, varias de esas cosas invisibles. Habremos convivido una semana y media, como mucho. Al otro año, directamente nos prestó un auto para hacer trescientos kilometros, sin habernos visto nunca manejar. Era así, confianza, fe, un gesto envidiable del don. 

Hay gente que encuentra su filosofía en la vida bastante rápido y la acepta, la vive, la hace carne. No sin problemas, la lleva adelante. Eso era lo que movilizaba montañas y generaba admiración en él, incluso aunque estuviese en la vereda de enfrente de lo que uno piensa. Porque ante todo era coherente con lo que pensaba. Y si la coherencia no alcanzaba (a veces con coherencia nos quedamos cortos), él, igual, estaba ahí, donde hacía falta, haciéndose pequeño con los pequeño y grande con los grandes, pero siempre tirando, de la forma que mejor creía, para los más débiles.

Como un heredero de esa rama religiosa, que ponen un oído en el pueblo y otro en el evangelio, además ponía las patas. Entre las sequías y las inundaciones que se alternan en nuestro país, como reflejo de los vaivenes y las injusticias de nuestro modelo económico, una colonia de treinta familias había quedado aislada durante meses porque el único camino de tierra que llevaba a ellos estaba inundado. Murieron vacas, chanchos, plantas. Él, y otros, porque siempre es con otros, arremangaban el pantalón y caminaban el kilometro de agua cargando cosas para llevar. No para donar algo, sino para mostrarles a esas familias que siempre alguien se acordaba de ellos, que no estaban solos. Esta es una anécdota, después hay historias de las que se tejen en el día a día del trabajo comunitario, de una vida puesta al servicio, de una de esas que encuentra una vocación.

Esas familias estaban solas, al fin de cuenta, pero no tan solas, como un poco nos quedamos nosotros. Aunque queda, siempre, la enseñanza de que hay un camino en el agua, el secreto es meter los pies sin miedo a ensuciarse, aceptando los resbalones, las caídas y que con la fuerza de ir al encuentro con el otro se toma el impulso para levantarse y seguir. A pesar de que las caídas sean duras y duelan, como con este dolor que nos dejan las ausencias irreparables. 

Antes de la tristeza

Para un necio que multiplicaba panes y peces

Antes

del tiempo de la tristeza,

despejaba los bosques

un cielo violeta

y su luz flotaba

sobre el pelo de los animales

como un sudor


La luz

besa

lo muerto, 

lo podrido

que el viento tira

en la tierra

No abraza, ni ilumina.

Con un brillo pegajoso,

babea los cuerpos 

impregnados de mal aliento.

El bosque la deja,

porque trabaja en el olvido

de algunas hojas

que resisten

y tapan lo vivo.


La luz intenta abrazar un oso, 

que, sin respirar, mira la copa de los árboles, 

aunque ya no pueda verlos. 

Quiere sacarle las moscas 

que revolotean sobre los pelos inmóviles 

y abrigados.

La luz violeta empuja, tapa, 

le da brillo a los finales

y, después, lo borra todo. 

Cuando la incriminan,

transforma.


Entre ella y el cuerpo, 

el rugido violento 

de una osa madre.

La luz que no se anima 

contra los zarpazos filosos y maternales, 

tiene la ventaja del tiempo: 

la osa no puede quedarse para siempre.


Como un círculo irregular, asedia a la familia 

o ilumina la escena.

La osa se sienta, se para, 

camina alrededor del cuerpo, 

lame algunas heridas

y torea el avance violeta, que retrocede

capaz, en un descuido, 

de echarse sobre lo vivo,

igual que sobre lo muerto. 


Antes de la época de las tragedias, 

los árboles agitan las hojas y las sombras, 

aplauden en silencio con el viento.

La osa frota la trompa, 

ordena 

con el hocico los pelos de la frente.

Hay, en la forma,

un búsqueda

igual a la de toda madre

cuando besa 

la frente helada de su hijo.