Quietos, muy quietos
casi tanto,
como si el viento al pasar
una tarde
no moviera ninguna hoja de los árboles.
Quietos como si el tiempo del frío
no nos tocara
y el temblor de las ramas sea
una vacilación de otros años.
Quietos y callados,
atrás de un mueble,
mientras el resto juega a las escondidas
y somos los últimos,
los que quedan para siempre en la sombra,
los que ni siquiera van corriendo
para gritar
piedra libre para todos mis compañeros.
Quietos
vamos después de los últimos
y después de los primeros,
a dónde estamos
no hay pica para nadie.
Quietos,
para que la piedra o
el viento frío,
que mueve las horas y no las hojas,
pase
sin movernos del pasado.