Se conocieron fuera de ritmo.
Bailaron un rato
pifiando el tempo de la canción
que les había tocado.
Se abrazaron,
aunque no era el momento.
Tuvieron problemas con las intensidades,
con las pisadas
y el sudor de las manos
manchando la ropa.
Alguno de los dos
no sabía las letras
para recitarlas al oído y cumplir,
torpe, el juego seductor
sin reglas, ni dados.
Alguno de los dos,
no manejaba los finales
y tampoco los principios,
apenas (a penas, con penas)
acomodaba el cuerpo a la otra cintura,
se derramaba sobre un límite
de piel
que en secreto
le descubría su propio pliegue.
Algunas tardes, se besaron.
Lo suficiente como para escapar
de un calor roto,
lo suficiente
hasta que las manos
dejaron de mojarse
y la canción que les tocaba,
dejó de sonar.
Sin la música,
no tenían donde esconderse.
Ninguno de los dos
sabía
actuar el silencio.