Apopleyo baja a la costa desierta
donde solo quedan restos y sangre,
quiere lavarse las heridas
en el marcial mar de barcos vacíos.
Todavía hay luz de día,
todavía quedan horas celestes
para que nadie cierre los ojos
ante tanto sufrimiento.
A lo lejos, las moscas y los guerreros
festejan la paz dolorosa
que se gana con el odio del filo
percutido por la muerte.
Unos brazos levantados, unos cascos
lanzados al aire, junto al grito victorioso
llegan hasta las costas
donde la espuma lava los pies ligeros de Apopleyo.
Respira el dolor de los músculos
es el cansancio
es la tristeza
hecha carne.
Ya se pregunta, algo que repetirá como un karma,
¿se puede perdonar a uno mismo?
Se desnuda para hacerse más liviano
como si el peso que lo agobia
estuviese en la ropa,
la sal se tiñe de rojo
cuando el marrón marino
le cubre la piel.
Todo pica, todo arde, todo es
una llama dorada en el mar.
El agua está ocupada por los nefastos navíos,
que rebotan entre sí y dan forma
a un delta
por el que Apopleyo navega
hasta llegar a una zona liberada
a un mar abierto.
Flotar de panza al sol
es una paz
muy diferente a morir
de cara al sol,
pero igual de sencilla.