Podemos no parar nunca
de tirarnos corazones pixelados
y, cada tanto, unas flores abiertas, desterradas
con olor a invierno viejo.
Podemos olvidarnos que vivimos
en un mundo con jirafas,
pero es inevitable sentir ridícula y liviana
la ciudad cuando aletea una mariposa.
Podemos hacer como si no nos enamoráramos
a cada rato, por un segundo, todas las semanas,
de extraños y conocidos
de sus palabras o sus silencios.
Podemos querer conquistar el cielo,
como seguro pensó
el inventor de la escalera.
Solo hay que plegar el mundo.