Tenías salado el cuello y así sabía que era enero.
No siempre, el gusto era el de los meses,
tuviste el picante del perfume,
el alcohol de una primavera muerta.
Era un buen signo,
aunque mi labio se agrietara
para darle lugar a cada grano de sal,
porque el sabor era tuyo,
pero no genuino.
El enero del calor
nos obligaba a sacar lo contenido,
a desplegarnos sobre el mundo
para respirar en la humedad
o caer
como una piedra
a lo profundo.
Igual que frente al mar
con la marca seca del agua
sobre la ropa,
sobre la arena,
sobre las uñas de los pies,
había una frescura intensa,
pero breve
que iba y venía
con la sorpresa de las olas atrevidas
hasta abrirnos la boca por la fuerza
hasta devolvernos crudos al sol.
Tenías salado el cuello
y así supe que el verano
solo
le perdona la vida
a los acuosos,
a los livianos.