Alguien en la mesa dice que el director siempre
habla de sí mismo. Otro confirma. Tienen en la cara un gesto cansado, como si
con la repetición de una fórmula ya nada sorprenda. Para el que vio Mixtape La Pampa, sin la misma preparación
o intuición afilada de estos interlocutores, puede pensar conmigo que es verdad, que es una película que al final habla del director. Pero también ¿Cuándo no se
habla de uno mismo por más estrambótica, delirante, fantástica, supernatural que sea
una pieza artística? ¿no aparece siempre una subjetividad? Quizás el acierto,
la magia, esté cuando ese espacio nos deja entrar como espectadores, ocupar el vacío que libera ese
sujeto una vez que el objeto artístico está ofrecido a un público. Es una problemática
común. Entre tanta literatura del yo, entre tanta auto celebración, entre tanta
experiencia mediocre convertida en algo que pretende tener un efecto estético,
todo aquello que solo habla de alguien como un caso particularísimo puede ser un
espacio agotador, un poco claustrofóbico, sobre todo si el que habla no tiene
nada de sobresaliente. Para lo más íntimo, lo más puntual del mundo, lo más cercano a una experiencia, pareciera ser necesario, contradictoriamente, armar un espacio mínimo donde ventile lo general, donde entremos todos.
Pero ¿es eso lo que hace Mixtape La Pampa? Sí y no. Di Tella habla de sí, es verdad, de hecho,
nos engaña un rato con un gesto que quiere hablar de William Hudson, pero
mientras habla de él logra transformarlo, con una gambeta, en algo autorreferencial, la formula es encuentrar un
paralelismo y contarnos su juventud. Siendo generoso, al final no es el objeto final de la película, un poco porque su impronta autobiográfica
tiene algo de luto, entonces esa línea argumenta parece hablar más del amigo
fallecido, de ese tutor de argentinidad, ese cantor que desde la musicalidad (como
los pájaros) lo introdujo en un aprendizaje sentimental que permitiera darle
una raíz en un país que desconocía o, mejor, que comienza a conocer desde esa musicalidad.
Ese luto, es también un espacio que nos deja entrar a cualquiera que también
pueda duelar su infancia, y ese terreno compartimos con Di Tella, con Hudson,
con cualquiera que tenga algunos recuerdos imborrables de ese territorio. Eso
se repite en el film, porque mientras Hudson treinta años después a miles de kilómetros,
puede recordar todavía con una exactitud asombrosa el canto de los pájaros de
la Pampa, Di Tella vuelve sobre cartas y un archivo íntimo para recobrar esa instancia
de repatriación a partir del rock nacional en que lo introdujo su amigo, Borges —uno de los personajes de la película, la homonimia con el escritor solo subraya la argentinidad universal— con sus noventa y siete años se dedica a reproducir en miniatura todos los espacios
y las maquinarias utilizadas en su vida de trabajo agropecuario, casi como si fuera ese personaje que en un sotano armaba un mapa con tanta exactitud que ocupaba el mismo espacio a representar. ¿No hacemos todos,
acaso, ese esfuerzo de salvar nuestra memoria en unas miniaturas que mantengan
a resguardo un sentimiento inabarcable? ¿Qué otra cosa es una película, una
canción, un juguete, un libro?
Por otro lado, la película es sobre la argentina, sobre una
parte de la argentina que tuvo un protagonismo desmesurado desde fin del siglo
diecinueve y que sigue con un peso específico, casi como el de un agujero
negro. La transformación de la pampa, de un espacio libre, sin divisiones,
donde la conexión de Hudson está dada con la naturaleza directamente, sin mediaciones, muestra que el país en algún momento tuvo un tesoro invaluable, un espacio que
bajo la lógica de la producción es un territorio de extracción, pero hubo un antes de esa lógica, una especie de paraíso perdido. Un estado de naturaleza interrumpido por la constitucion de los Estados Nacion, de la propeidad privada. Por eso, no sorprende el vinculo del proceso de la Conquista del Desierto, el genocidio indígena
perpetrado por el moderno Estado Argentino —¿se puede fundar una nación sin que
contenga una negación? —, con el proceso de reorganización nacional que inicia
la dictadura, con treinta mil desaparecidos, la reivindicación nacional del campo,
de la lucha contra la amenaza subversiva y la guerra de Malvinas, como si
fueran un mismo hecho repetido en el espejo del tiempo. Hudson y Di Tella, los dos contextos historicos, tocandose en una misma escencia. La tesis de equiparar la Conquista del Desierto y los desaparecidos no es original de la película, quizás lo
original es señalar esas infancias/juventudes marcadas por esos procesos. Es el
cortar y pegar de la musicalidad que lo rodea, ese paneo de imágenes que, una al lado
de la otra, forma un sentido. Lo original es el mixtape, la playlists,
la banda sonora que todos tenemos.