¿Cuál es la sintaxis de la época? Más
bien, el runrún, el modo en que se van a deslizar las palabras en un léxico
determinado. Porque en el fondo, ahí en el hueco del oído, el tono que se
escucha es parecido, como copias de copias de copias de un lenguaje hablado, de
cierta verborragia canchera, luminosa, apreciable y con momentos de gran conexión
con un sentimiento compartido. Es una conexión con la época, con algo común a
cierto conjunto de clase. Son lectores hablándole a otros lectores, un micro
mundo, cada vez más chico, cada vez más amplio, pero poco transversal. Es una conversación
de una generación que le habla solo a su generación. Una serie de tópicos que
se repiten hasta el cansancio que circulan alrededor de las taras de esta época,
de cierta inmovilidad, de ciertas responsabilidades que son más antiguas que la
prehistoria, pero se vuelven posmodernamente agobiantes porque en el fondo
nadie quiere ninguna responsabilidad. Hay una generación cultivada altamente
calificada, una experiencia del estudio que se vuelve temática, objeto de la
representación. En realidad, va más allá de un estudio propiamente dicho, es la
dinámica de una carrera sistematizada, académica, de algo que viene masticado.
Es un poco, la represión institucional en el área que siempre busca un paso,
lento, hacia otro tipo de libertad.
El sistema se vuelve cada vez más complejo, como si la humanidad fuera subiendo de nivel en dificultad y el laberinto fuera más angosto, más diverso. Aunque, al final, no es un laberinto, es un embudo con forma de laberinto. Y así decanta lo mínimo, un filtro de agua hecho de barro donde la masa del cuerpo hace presión para atravesar una porosidad y caer a cuentagotas. Ese es el sistema de selección, un filtro que nadie sabe cuál es. Una estructura de presión, unas gotas exitosas. Afuera, el mundo.
¿Hay otra voz? Sí, siempre hay otras voces y, por momentos, también hay tótems de otras voces. Unos monumentos que encauzan todo lo subterráneo, todo lo que era un deshecho o un disvalor, para que se convierta en un teatro lleno de gente. Es la vieja tradición que pasa de tíos a sobrinos, como un ciclo sin fin. Una dinámica que parece una maldición, y se hace difícil celebrar la magia negra cuando se rinde ante el culto central. Casi como curar el mal de ojo con un padrenuestro de la religión monoteísta que el viejo imperio romano canonizo después de Constantino. Se puede hablar, se puede volver discurso, una vez que se le da permiso, una vez que es un botón más del poder. Mientras era catacumbas, mientras era vanguardia, solo había peligro sin ganancia.
La pregunta entonces puede ser, qué es hoy un peligro sin ganancia. Una voz sin discurso legitimado, una explosión incómoda para el oído.
El sistema se vuelve cada vez más complejo, como si la humanidad fuera subiendo de nivel en dificultad y el laberinto fuera más angosto, más diverso. Aunque, al final, no es un laberinto, es un embudo con forma de laberinto. Y así decanta lo mínimo, un filtro de agua hecho de barro donde la masa del cuerpo hace presión para atravesar una porosidad y caer a cuentagotas. Ese es el sistema de selección, un filtro que nadie sabe cuál es. Una estructura de presión, unas gotas exitosas. Afuera, el mundo.
¿Hay otra voz? Sí, siempre hay otras voces y, por momentos, también hay tótems de otras voces. Unos monumentos que encauzan todo lo subterráneo, todo lo que era un deshecho o un disvalor, para que se convierta en un teatro lleno de gente. Es la vieja tradición que pasa de tíos a sobrinos, como un ciclo sin fin. Una dinámica que parece una maldición, y se hace difícil celebrar la magia negra cuando se rinde ante el culto central. Casi como curar el mal de ojo con un padrenuestro de la religión monoteísta que el viejo imperio romano canonizo después de Constantino. Se puede hablar, se puede volver discurso, una vez que se le da permiso, una vez que es un botón más del poder. Mientras era catacumbas, mientras era vanguardia, solo había peligro sin ganancia.
La pregunta entonces puede ser, qué es hoy un peligro sin ganancia. Una voz sin discurso legitimado, una explosión incómoda para el oído.