"Mira que pobre amante,incapaz de meterse en una fuente a buscarte un pescadito rojo bajo la ira de gendarmes y niñeras" Julio Cortazar
21 jul 2025
río
17 jun 2025
Noche sensata
6 jun 2025
No hagan olas
14 may 2025
¿Quién no está cerca de la muerte?
4 may 2025
llama
30 abr 2025
Tartamudeo en proceso
27 abr 2025
tanta, pero tanta
19 abr 2025
El amor ya va llegar
Ya sé que la música funciona así, está hecha para repetirse, para que no salgamos de ahí —como mucho, para que nos vayamos al lado, a la próxima canción—. No soy tan ingenuo, aunque ese sea otro de mis defectos.
El defecto no es caer, como todos, en la trampa que nos tiende el mundo; el defecto es hacerlo a conciencia, rendirse sin dar ningún tipo de lucha, disfrutar del engaño. Conectar con el sentimiento que va y vuelve. Buscar esa sensación de oleajes que solo nos puede dar la repetición.
El problema con eso es que no salimos de los lugares donde creemos estar seguros, y esos lugares, al fin y al cabo, no existen. Son espejismos, tan inmateriales como una canción hecha para atraparnos, para ganar oyentes y reproducciones. Triste, pero, en el fondo, la marca del mercado no escapa de ninguna producción de estos tiempos. Solo se sobreimprime. Quizás, con suerte, podamos escalar a otra capa, donde las cosas muten de significado, dejen de ser productos, se conviertan en un mar, en una sensación en el pecho, como este mantra en que se vuelve la canción con la que me obsesioné. Y repetir: el amor ya va a llegar, el amor ya va a llegar.
Acunarse hasta dormirse con esa repetición que puede ser satisfactoria, un lugar seguro en un mundo sin lugares seguros. Un calor en el pecho, mientras, de a poco, en esta ciudad imperdonable, va llegando el frío, que por ahora solo me hiela los pies, pero promete llegar al corazón.
Pero no importa: el amor ya va a llegar, el amor ya va a llegar, se repite con un arpegio hipnótico en mi oreja. Y mis labios, aunque intentan no deschavar la obsesión en la calle, caen en la trampa y se mueven en una frase que repite, ola tras ola: Porque el amor también te busca. Cómo te va a reconocer a menos que salgas a la luz, la luz.
18 abr 2025
Oráculo
10 abr 2025
Notas: Sean Baker - Anora
Hay una reunión familiar. Hay varias charlas, voces que se cruzan como una capa sobre otra, núcleos temáticos que arman una estructura coral que, desde afuera, nos dejaría con los oídos destrozados, sin poder entender el hilo. No hay hilo. Así se habla en una tribu: cada uno en su propio mundo.
Hay una reunión familiar y de ahí sale un tópico obligado en cualquier encuentro: el consumo cultural, la crítica de series, las recomendaciones, lo que no nos gusta. Una voz cantante señala Anora. Hay una disconformidad con la película, un poco por su lugar en los premios, como si los premios tuvieran una lógica suprema que hay que disputar, como si los concursos dijeran algo sobre el valor de las obras.
Lo que no se tolera es al personaje de ella. Al final, la crítica es sobre algo que pasa, no sobre cómo pasa. No se puede tolerar que Anora no acepte su condición de prostituta, que quiera reencauzarse en el rol de esposa, que niegue su prostitución. “Aceptá lo que sos”, se le exige al personaje. Y, quizás también, a la vida de la gente.
Como si el trabajo nos definiera, nos diera ese ser. Por un lado: somos lo que hacemos. Por otro: somos otra cosa más allá de lo que hacemos. Y cuando digo “hacemos”, pienso en cómo nos ganamos la vida. “Ella es una bailarina”, dice uno. “Mostrame una bailarina que no sea una prostituta”, se jacta alguien.
Ya ni siquiera hablamos de la película, pero no importa. Ese es parte del hechizo.
Con gran disgusto se remarca, una y otra vez, el rol que Anora toma cuando llega la familia rusa. Quizás con la expectativa de que, si ella adoptara el lugar que le dan, le fuera a ir mejor. Como si hubiera que aceptar los lugares que se nos asignan. Como si la película, al fin y al cabo, no estuviera marcada por esa lógica.
Lo disruptivo es cuando las cosas no encajan en su lugar. La comedia es poner algo donde no va, y un poco eso es lo que pasa en el corazón de la película. Cuando la clase social se mueve, hay dos opciones: una revolución o una comedia. La película opta por la comedia: el golpeteo, el no saber qué hacer, la coalición táctica en la búsqueda del caprichoso heredero ruso, que, obviamente, cuando se termina la diversión, va a buscar más diversión.
Tenemos a los que solo buscan el placer y a los que dan placer. Esa es la división tajante, casi inamovible. Que después coincida con una división de clase, obviamente, no es aleatorio. Esa división siempre se sobreimprime igual: consumidores y consumidos, replicándose al infinito, con mucha asistencia de la misma sociedad que encuentra secuaces para mantener ese estado de cosas.
Anora es un quiebre. Ve una escalera y la toma. Es parte de las astucias de los de abajo. Pero el reclamo viene del espectador: no puede soportar que ella no se reconozca, que quiera cambiar, que alegue ser algo que no es. ¿Es prostituta o esposa? Casi freudiano, sobre todo para quien hacía ese reclamo. ¿No puede ser las dos? ¿No puede pasar a ser una sola? ¿Somos nuestro pasado? Seguramente, pero también no solo somos nuestro pasado: también podemos ser hacia adelante. O no. Quizás esa imposibilidad, esa conciencia, ese momento de humanidad y reconocimiento final, encerrados en un auto, sea el motor del tinte dramático, triste, melancólico con que llegamos a los títulos.