Las hojas esas que se ven desde tu cuarto
hace unas semanas verdes,
ahora amarillas, chamuscadas
arrugadas por el frío
o por el secreto guardado del árbol,
mientras atrás
¿o es abajo?
el ruido de los autos.
Desde el cuarto,
la ventana
es un cuadro instantáneo
que cambia todos los días.
Cielo y árbol,
música también,
sobre todo, ruido.
Cuando nos dormimos
las hojas se mueren,
todo tiene que caer
para seguir creciendo.
Incluso, cuando amanece
la luz ¿vital? ¿blanca? ¿calurosa?
lleva un rastro del otoño,
una mano en la tierra
que se enfría
pero se reconforta
con lo profundo y la promesa
de lo que crece
en secreto.
En secreto, también,
inventar una muerte
anacrónica, ridícula,
para nada premonitoria.
Refugiados en esa ventana
del otro lado del melancólico otoño,
del divino otoño
con la semilla silenciosa
que raja su cáscara,
durante la noche
con un plan a futuro:
charlar,
chapar,
cielo,
árbol
en un orden repetitivo
aleatorio
circular.
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