16 mar 2012

Uno menos

"Uno menos" pensó y se sonrió. Hubo una forma diabólica en esa risa, algo macabro, una especie de sombra que le recorrió el cuerpo. Una satisfacción cruel y reaccionaria, que le dio cierto placer por todo el cuerpo. "Uno menos" pensó y se palpó el pecho.
Caminó tranquilo, disfrutando la noche. Sentía que había algo relajante en el aire, algo que le producía cierta felicidad como una especie de gratificación interna que le hinchaba el pecho, que le hacía más ligera las extremidades. Caminaba por la calle, como si caminara por un local del que fuera dueño. Amo y señor.
Caminó hasta el coche, a unos pasos con total petulancia y seguridad, sacó las llaves y accionó la alarma. El coche se iluminó tres veces y se abrió. Entró, se acomodó en el asiento, palpó el arma que tenia al costado, encendió el auto y arrancó. "Uno menos" pensó y sonrió.

"No hay forma de consolarla", le dijo uno al otro en voz baja. El ambiente era pesado, la casa de velatorios tienen ese aire contaminado de tristeza, de lágrimas, de energía pesada que se deposita en los que entran aplastándolos, como una especie de roca o como si al gravedad aumentara su fuerza en los cuerpos, tirándolos para abajo cada vez un poco mas, haciéndolos encorvar. La casa de velatorio tiene esa fragancia que inunda al alma de tristeza, de modo que todos están contagiados de esa pena.
Dos se resguardan en una esquina y ven a la mujer llorando al lado del ataúd. Unos hombres jóvenes la acompañan y se turnan para abrazarla, ellos también lloran, pero ninguno como esa mujer. Tiene un llanto constante, que hiere de tristeza en quien la mira, por momentos se hace más profuso, más grave, se abalanza sobre el cajón, lo abraza y grita, casi aúlla. Es el dolor. En un banco, mirando fijamente el ataúd, hay un hombre. Lo mira como ausente, perdido, tiene los ojos en blanco. No llora por que no puede, no tiene ni siquiera esa fuerza. Esta sentado, pero no lo sabe, no registra nada a su alrededor. Mira el ataúd y no lo ve. Está más allá. Pasa gente, los saludan, lloran, se quedan, les hacen compañía a estas dos personas que han perdido un hijo, saludan a los hombres jóvenes que han perdido un hermano. Incluso en algún momento, los que estuvieron en ese instante, saludaron a los tres niños que vinieron a dar un beso de despedida a su padre. La mujer que los acompañaba despedía a su ex pareja.
Los dos hombres que se guardan a un costado llegaron temprano, uno despide a su amigo, el otro a su primo. Hablan entre ellos, y observan toda la escena. "No hay consuelo posible", le dice uno al otro. "Uno menos" le contesta. Hacia tan poco que ya habían tenido que despedir a otro de la misma familia, en la misma casa velatoria con olor a flores muertas, y esa fragancia a dolor y tristeza que se pega a toda la ropa, a toda la piel, a toda el alma. "Uno menos" pensaron todos mientras con tristeza abrazaban a la madre. Mientras repudiaban al hombre que entraba y que nadie saludaba, ese que se acerco hasta el ataúd y a quien la madre echo bajo amenaza de romperle el alma por ser el traficante que llevo a su hijo a la perdición. El hombre ni se inmuto, y con la misma parsimonia que entró, se fue. La gente siguió pasando y saludando, pensando compungidamente "Uno menos"

Estacionó el auto a unos pasos del bar, bajó con la costumbre de mirar para los lados y por los espejos. Entró, en una mesa lo esperaban otros que sonreían y aplaudían la noticia. Todos lo saludaron, todos lo palmearon y abrazaron. Todos gritaron, socarronamente, cínicamente, con una sonrisa ,con esa satisfacción macabra que les producía cierta felicidad, que les recorría el cuerpo: "Uno menos".

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